texto tesis (en proceso – adrián)
Sería necesario empezar a indagar en los intereses o impulsos que nos llevan a escoger la caja, el cubo, lo cúbico, lo cuadrático como una imagen para explotar.
Una situación: un niño se sienta en una silla cualquiera de un salón cualquiera en un lugar cualquiera de este mundo. La profesora le ha pedido a él y a sus compañeros que dibujen un cuadrado. El niño, y obviamente sus compañeros, lo intentan una y otra vez. Evidentemente estos niños aún no usan reglas: lo lógico es que se les muestre la dificultad implícita en delimitar el espacio, o mejor aún, crear el paradigma del espacio, a partir de cuatro líneas dispuestas en igual medida desde un centro equidistante. El niño, necesariamente caerá en el error una y otra vez, línea chueca tras línea chueca, hasta que la profesora decida que es suficiente, y luego de elogiar a algunos por sus tiernas aproximaciones, probablemente proceda a enseñarles cómo hacer un cuadrado haciendo uso de una regla.
Tome entonces esa figurilla que le está dando problemas al niño en esa silla de un lugar cualquiera y proyéctela sobre su cuerpo: Lo que hay adelante, lo que hay a la izquierda, a la derecha, arriba y abajo. De las cuatro líneas sobre el papel se despliega entonces un cubo. Del cubo un espacio, del espacio, una habitación. La pregunta: Es eso un espacio?, el espacio de un hombre?, de sus ideas? De su vida? Podríamos reducirlo de manera facilista y decir que el que acepte tal definición es muy cuadrado, cuadriculado, racionalista, y lo cierto es que el asunto, o según las líneas que va disponiendo este texto, la imagen de la caja, traduce muchos aspectos de la vida de un hombre.
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“Según Marx, el mejor arte desempeña la función cognoscitiva de penetrar a través de las nubes ideológicas que oscurecen las realidades sociales. Además, al materializar gráficamente esta relativa libertad frente al mero reflejo de las circunstancias externas, las creaciones estéticas pueden desarrollar el deseo de una libertad mayor frente a una sociedad deshumanizada y alienante. Todo arte tiene capacidad para crear una necesidad de disfrute y educación estéticos que la sociedad capitalista no puede satisfacer. Aunque cada vez cae en mayor medida bajo la influencia del mercado, el arte se produce y consume en relativa autonomía y no es idéntico al trabajo fabril ni a una mercancía pura.”[1]
(ante un anteproyecto)
El proyecto de grado, la tesis, como suelo llamarla desde que entré a la facultad, se abre como la posibilidad de definir el arte: ¿qué espero de esta profesión?, ¿qué es hacer arte?, ¿cómo pienso asumirlo? Las preguntas planteadas ofrecen tantas respuestas como proyectos puedan haber. En mi caso, no puedo decir que haya encontrado respuestas concretas a las preguntas que han surgido en medio de las clases, visitas a museos, charlas ocasionales entre alumnos y profesores, horas y horas de reflexiones en medio del transporte público…aún estoy lleno de dudas, y si de algo me alegro es de encontrar en ello la necesidad básica para trabajar.
Hace aproximadamente una hora que empecé a escribir. En un principio me acerqué a lo de siempre, un lugar común[2], como dicen: la definición del arte. Ahora, después de haber leído este párrafo varias veces, haber esquivado muchas veces las posibles frases siguientes, analizo lo sucedido; me enfrento a una de las tareas de mayor responsabilidad en lo que llevo de vivo, y no he sido capaz de definirlo por escrito. El correo electrónico, las posibles personas online en Messenger, en fin, todas las distracciones saben seducirme, arrancarme del vacío blanco del escrito, la importante tarea de expresar una intensión. Y bueno, la situación presente ha sido la metáfora indicada para bosquejar mi principal preocupación;
Un posible marco teórico
El compromiso con la creación, (las posibles reflexiones sobre lo estético y lo sociopolítico, formalizar una intención), hoy en día más que nunca se ve tremendamente amenazado, coartado por los sistemas en los que la vida cotidiana del hombre sucede. No podemos abrir los ojos sin que el estruendo de incontables vallas nos afecte, lo mismo aplica para el resto de los sentidos. Y si bien cada vez se habla más del compromiso de los artistas, y de la importancia de desplazar la noción del taller como un espacio romántico y solitario en donde sucede el arte, las calles, lo público y la sociedad, son espacios tan complejos, tan densos, que las intenciones de un artista dependen de una comprometida insistencia y concentración para realizarse. Por otra parte la obra misma y sus posibles espacios de socialización no escapan a diferentes estructuras de poder. Desde el proceso de configuración de una obra hasta su recepción, (pasando por la comercialización y la distribución), encontramos andamiajes invisibles, negados, una esfera ante la que muchos artistas y críticos asumen un rostro indiferente. Como afirma Eugene Lunn sería un error declarar que todo arte es mercancía pura, que cualquier producción cultural parte de los mismos supuestos de una cosa cualquiera de consumo, sin embargo no es posible negar que gran parte de la actividad artística se ve supeditada a una realidad en la que los intereses corporativos y comerciales priman sobre las ideas, sobre las pocisiones, sobre los mismos derechos civiles: la futura reforma tributaria colombiana ilustra claramente la situación. Al respecto me gustaría citar un fragmento de una conversación entre Pierre Bordieu y Hans Haacke:
“Pierre Bordieu: Mediante la puesta en rebajas, si es que no la demolición, del intelectual crítico, lo que está en juego es la neutralización de todo contrapoder. Estamos de más todos los que tenemos la pretensión de oponernos, individual o colectivamente, a los imperativos sagrados de la gestión. Es algo insoportable.
Y ahí reencontramos otra antinomia, o cuando menos una contradicción muy difícil de superar. Las actividades de investigación, tanto en el dominio del arte como en el de la ciencia, necesitan del Estado para existir. En la medida en que, grosso modo, el valor de las obras es proporcionalmente inverso a lo extendido de su mercado, las empresas culturales no pueden existir y subsistir sino gracias a los fondos públicos. Las radios y las televisiones culturales, los museos, todas las instituciones que ofrecen “high culture”, conocimientos nuevos, no existen sino por los fondos públicos, como excepciones a la ley del mercado hechas posibles por la acción del Estado, el único capaz de asegurar la existencia de una cultura sin mercado. No se puede abandonar la producción cultural a la suerte del mercado o a la graciosa complacencia de un mecenas.
Hans Haacke: A título de anécdota: en el Museo Busch – Reisinger de
la Universidad de Harvard, un museo que se especializa en arte alemán, hay hoy por hoy un “curator Daimler-Benz”. Es un conservador que ocupa un puesto pagado por Mercedes. Simplemente, es impensable que ese museo llegue un día a presentar mi trabajo.” [3]
A pesar de encontrar razones de sobra para suponer que tanto artistas como instituciones caen en complejas paradojas al defender una supuesta posición apolítica, neutral y únicamente interesada en esa corriente bastante sospechosa del “arte por el arte”, es común encontrarse con esas evasiones a cualquier tipo de compromisos frente al contexto sociopolítico. Las “industrias de conciencia”, palabras con las que Haacke se refiere a las instituciones responsables de conservar y socializar la producción de cultura (museos, galerías, etc.), son un claro ejemplo de ello: rezagados por la financiación estatal o privada se niegan a asumir una posición, pareciera que poco les interesa defender un particular modo de proceder frente a la administración de un cierto espacio cultural. Se puede decir que en Colombia, más que desinterés se vive un penoso drama; los directores y administradores de museos y demás entidades culturales poco tiempo tienen para defender o argumentar una posición pues están más preocupados en como reunir fondos para no dejar que sus respectivos lugares perezcan definitivamente bajo la creciente indiferencia y negligencia de los gobernantes frente a los aspectos culturales y educativos del país. Orwelll dijo ya en uno de sus ensayos: “Las personas con el estómago vacío no sólo no dudan del universo, ni siquiera llegan a pensar en él.”
“Mientras los museos se sostengan con ayuda de gobiernos, grandes aportes de individuos o las aplanadoras corporativas, estarán metidos hasta el fondo en el negocio de moldear y canalizar la conciencia. Puede que incluso no estén en acuerdo con el sistema de creencias dominante, pero sus opciones de no suscribirse a él y promover en cambio una conciencia alternativa son limitadas. La supervivencia de la institución y de las carreras personales está en juego. Sin embargo, en las sociedades no dictatoriales los medios de producción de conciencia no están en un solo lado. La sofisticación que se requiere para promover una interpretación particular del mundo está también potencialmente disponible para cuestionar esa interpretación y ofrecer, a su vez, otras versiones. Como la necesidad de gastar enormes sumas de dinero en relaciones públicas y la propaganda gubernamental lo indican, las cosas no están paralizadas. Las constelaciones políticas cambian y existen zonas no incorporadas en un número suficiente como para alterar a la corriente principal. Nunca fue tan fácil para los museos el preservar o recuperar un cierto grado de maniobrabilidad e integridad intelectual. Se necesita cautela, inteligencia, determinación y algo de suerte. Pero una sociedad democrática no pide más que eso.” [4]
Como las instituciones de la cultura, que cada vez se acostumbran más a su condición de industrias, el artista también debe ser conciente del lugar en el que su trabajo existe. Aunque en la actualidad es más frecuente la abierta aceptación de esa otrora sacrílega relación entre arte y mercado, aún es posible encontrar una romántica oposición de los artistas frente a la “valoración específica de su obra dentro del mercado de bienes simbólicos.”[5] La cuestión no hace sino remontarse a una antigua e insistente división entre alma y cuerpo, materia e idea, etc. El arte al ser un producto de la conciencia es reiterativamente considerado espiritual, por ende usualmente es clasificado como un bien mayor en la escala de los objetos. Tener arte es entonces señal de buen gusto, índice de categoría y status. Aquí el papel de los discursos académicos (críticos y hoy por hoy curadores y hasta los mismos artistas) es vital. El andamiaje invisible del que se hablaba no es aquí tan invisible: aunque el artista se empeñe en negar su vinculación con un sistema de valores el dolor de estómago lo llevará en algún momento a acercarse al galerista a pedirle un espacio, luego al crítico o curador a pedirle unas palabras, y al final esperará angustiado que algún nuevo rico se interese en llenar una de las paredes de su apartamento con una de sus obras[6]. “Buenos vientos: Cálculos basados en el auge reciente de la construcción de apartamentos para los estratos 4, 5 y 6 determinan un repunte notorio en el área disponible para arte y decoración. La nueva oferta de finca raíz se debe en parte al ingreso de capitales que cesantes en la provincia ahora se negocian con libertad en las zonas urbanas, en especial en la capital de la República. La movilidad de estos capitales ha sido propiciada por leyes de índole política que garantizan seguridad jurídica a los nuevos inversionistas. Estos grupos sociales emergentes anhelan tener la misma visibilidad, poder y cultura de sus antiguos mecenas. El auge de la construcción repercutirá directamente en el mercado del arte. Desde este texto se le envía a todas las galerías un cordial saludo: ¡Éxitos!” [7]Entonces, el arte no es cuestión de fe, por lo tanto no queda sino persistir e intentar concentrarse: el artista debe ser conciente de su contemporaneidad. Aunque la subjetividad es el punto de partida más valioso en términos de lo creativo, las ficciones de lo global, las marañas tecnológicas empeñadas en establecer lo real en lo virtual y el cínico aprovechamiento del concepto de lo cultural por parte de sectores privados y lucrativos para encubrir y desfigurar las consecuencias de complejas políticas expansivas (arborizarte), han hecho del espacio social, la esfera pública, supuesto lugar de intercambio y encuentro, un frío lobby de paso, carretera, limbo entre nodos.
A medida que los espacios de hoy, tanto públicos como privados, tienden a ser cada vez más neutros, más indiferentes a los habitantes, los individuos van asumiendo una actitud semejante: poco les importa el bienestar del “vecino desconocido”. Sus intereses frente a lo público y lo cívico son tan inestables como el carácter de las dinámicas de trabajo en el sistema capitalista: el trabajador es un mensajero, un transmisor entre tumores que concentran información. Los puestos laborales son intercambiables, modificables, así, los espacios en los que estos se desarrollan tienden a acentuar este carácter de lo transformable, lo velozmente modificable. Una oficina promedio consta de una serie de paneles que a voluntad de la corporación pueden reconfigurar el espacio rápidamente. La oficina no es pensada como un lugar acogedor, es de hecho una de las formas más precisas de la funcionalidad administrativa y laboral, un espacio reemplazable. De esta manera el ancla conciliadora para el trabajador promedio, es el hogar, lugar de estabilidad, de posible construcción, terreno sobre el que el esfuerzo en el marco de la volatilidad de lo laboral aparentemente rinde frutos: se compra un comedor, varios electrodomésticos, muebles de todo tipo, pinturas y obras de arte que decoren el lugar: el espacio íntimo es templo de la mercancía (baudrillard, marx y el fetiche). En medio de las carreteras, la alienación y el deseo, el personaje promedio cree sobre todas las demás cosas en la “tranquilidad” de su familia. En la defensa y paranoica protección de su núcleo familiar. Lo irónico es que este pequeño feudo, esta mínima celdilla de protegido sosiego ha sido prefabricada, pensada desde antes como las carreteras o los muros de la ciudad: los hábitos familiares también están hábilmente preestablecidos por las industrias constructoras. Georges perec especies de espacios.
La cuestión es aún más compleja y enredada de lo hasta ahora expuesto. Como es claro el problema de la libertad no es netamente artístico[8] (conferencia laignalet, los bordes del deseo). El ciudadano común se ve enfrentado, y podríamos decir que con menos herramientas, a un cascarón imperceptible, condicionado por hilos ventrílocuos que no logra rastrear. En este andamiaje, ahora si complejamente invisible, las industrias culturales o de “conciencia”, las decisiones de gobierno y otro tipo de factores sociales innumerables determinan a priori el ser de un individuo en la sociedad. “Tal y como lo observaba Karl Marx en La ideología alemana, la conciencia es un derivado social, lo cual significa que no hace parte de la propiedad privada, ‘no es resultado de nuestra propia cosecha’”.[9]
Poco a poco el hombre también asume el carácter de la mercancía.
[1] Lunn, Eugene. Marxismo y modernismo. Un estudio histórico de Lukács, Brecht, Benjamin y Adorno. México: Fondo de Cultura Económica, 1986. Pág. 27
[2] De hecho, que esto halla sucedido delata uno de los constantes modelos de conducta del individuo: la estabilidad. Instintivamente siempre se buscan los terrenos confiables.
[3] Conversación completa en http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=124
[4] Haacke Hans, Museos, administradores de conciencia. 1983
[5] Vargas Guillermo, Los desafíos y las tensiones en el campo artístico. 2005
[6] Habrá también que tener en cuenta a los graduados de artes plásticas, profesores, diseñadores y publicistas de rebusque, y en fin, todas las personas que no lograron clasificar por una u otra razón en el terreno de lo “artístico” y que hacen uso de sus destrezas y habilidades técnicas en los espacios del diseño, la decoración, o cuestionablemente en el de la pedagogía.
[7] Ospina Lucas, Arte para militar Texto completo en http://www.esferapublica.org/arteparamilitar.htm
[8] Finalmente es lo mismo: la posibilidad de dar forma a la vida propia es una labor creativa, como Beuys lo expuso, cada hombre es un artista pues la creación es algo natural en él. Entonces la crisis creativa no es un problema que atañe únicamente al artista. El hombre común se ve enfrentado indefectiblemente a las mismas barreras que el artista encuentra en el momento de tomar sus propias decisiones.
[9] Haacke Hans, Museos, administradores de conciencia. 1983





Mayo 16, 2009 a las 1:13 pm |
parce, de casualidad pille esta nota y hace ya mas de 6 anos que no respiro el arte de la tierra. q se le admira y comparte la manera de visualizar el dia.