videoarte, algunas ideas

 

Esfera televisiva   Hubiera sido interesante poder ver que hubiera pasado con una sociedad en la que un medio como la pintura hiciera las veces que la tele hace en nuestro presente. Un momento como el renacimiento, en donde la pintura, y los códigos culturales que de ella se desprendían se ligaban a un modo de pensamiento, a una visión colectiva, le permitiría al hipotético visitante darse una clara idea de cómo opera una forma expresiva, (aunque tal término en relación a la televisión es del todo discutible), como la que hoy en día claramente lleva la batuta. La imagen es una voz omnipresente y lo real solo es limitado por la señal de cable. El hecho, la vida misma, no son representados por una cámara o un pincel. La caída de unas torres, o la venta de un vecino son presentadas en un acontecimiento que va más allá del “lugar de los hechos”. La intimidad de un tiempo ajeno que deleitaba al inocente voyeur de la pantalla grande ha llegado a audaces perversiones en las que los tiempos del televidente y de los protagonistas de novela o tragedia son uno mismo. Ya sin pasado o futuro se vive un eterno presente de 50 o más canales. A veces estar lejos de algo nos permite apreciarlo mucho mejor. 

La atrofiante invasión de pantallas televisivas se convierte en una voz ineludible, aún apagando estos aparatos su flujo permanece. El medio ha sabido rebasarnos: no somos nosotros invocando una visión de época, poco a poco es esta avalancha la que determina la voluntad del individuo, las costumbres sociales, y finalmente las mismas transformaciones dadas dentro de lo cultural. Hace poco pensaba en cómo fenómenos como el esténcil hablan claramente del influjo de un medio sobre las capacidades creativas: un supuesto movimiento de contracultura no hace sino afirmar la cacofonía visual que predomina sobre la mayor parte de nuestras actividades. Con esmero cientos de jóvenes elaboran sobre sus láminas todo tipo de imágenes venidas de la misma televisión, o del Internet; diseños y chispazos que en el mejor de los casos se le parecen a MTV. Pocas veces esta decoración de exteriores  le plantea posiciones interesantes al pobre transeúnte que ahora no solo debe tolerar la saturación audiovisual de las pantallas sino la de los muros y calles.

 

De una manera muy similar se han venido manejando las cámaras de video. Lo visto incide radicalmente sobre lo producido llevando a muchos a estancarse sobre formas revestidas de espectacularidad, audiovisuales lejanos de cualquier intento de sentido que chapucean sobre el inmaduro imaginario colectivo. No se trata de traer de nuevo la idea del artista maldito, el aprendiz y el maestro, esa idea de lo creativo como un estado de iluminación, pero me atrevería a decir que para llegar a una madurez televisiva, en cuanto a recepción y producción, es necesario ser concientes de la esfera que nos contiene, y si es posible tomar cierta distancia de ella y desde allí pensar la imagen, lo audiovisual.

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pintura en ausencia // la abundancia de audiencia 

En el renacimiento la noción de realidad estaba obviamente atada a la idea de la perspectiva, a ese punto de fuga que hacia de lo representado una imagen más cercana a lo visto. Lo real no es necesariamente lo que se ve. De hecho a cada época la capacidad de ver se le ha dado de manera bastante diferente.

A nosotros se nos ha dado a 30 cuadros por segundo. Nivel de representación que logra crear uno de los más refinados artificios para el deleite de la mente que con estos cuadros se embeleza por horas y horas. La ilusión parece haber alcanzado tal perfección que la vida es poco a poco una versión en diferido de lo que sucede en la tele.

 

¿Cuantas horas nos quedamos frente aun lienzo de un artista del renacimiento, o bueno, estando en Colombia, frente a alguna de las obras que Botero donó a sus televidentes? Tal vez ni en el renacimiento se le dedicaba tanto tiempo a una imagen. De hecho es paradójico ya que si se es realista a la imagen que nos atañe no se le dedica mucho tiempo: si se le dedica un segundo a 30 imágenes, la persona se concentrará 33.33333 milésimas de segundo en cada cuadro. Es decir, no se concentra para nada en los cuadros como unidades discretas, los pasa por alto. Lo que seduce a la audiencia, es la narración, la voz omnipresente de la tele que dice sobre la imagen, grita sobre cualquier sentido que está pueda inducir. En la televisión la imagen parece ausentarse.

 

Una rápida ojeada sobre la evolución o transformación de la cultura de masas  nos lanza inevitablemente la figura de la apariencia, la imagen simulacro; la publicidad es visión del modelo, y sí, del modelo o la modelo. Y a pesar de la descabellada excreción visual en la que estamos sumergidos la imagen no hace sino brillar por su ausencia. La acción de ver demanda una mirada, la necesidad de pensar lo que vemos. Ver es interpretar, proyectar sentidos y significados sobre lo visto. Ver es pensar. ¿De qué pensamiento se puede hablar al enfrentar el fenómeno de la visión contemporánea, ese de los 30 cuadros por segundo hora tras hora? Evidentemente es débil el esfuerzo de la mirada frente a la potente voz de la tele. La imagen piensa por el ojo, preestablece los posibles sentidos que el portador de retinas pueda determinar.

 

Observando las pinturas el ojo recorre tensiones, fuerzas en diálogo entre planos de color. EL sentido emana de la composición de planos, de las relaciones fijadas y suscitadas por estos en el espectador. Ser conciente de las capacidades pictóricas del video equivale a admitir el poder de cada uno de esos 30 cuadros dentro del segundo, a hacer de cada 33.33333 milésimas de segundo elementos plásticos que interactúen con los demás fragmentos. Ahora, ¿quién se dispondría a observar imágenes de este tipo? Seguramente la voz televisiva no dispondría el silencio necesario para que las imágenes hablen. Finalmente la expresión que se logré desarrollar pictóricamente por medio del video tiende a aislarse en los mismos espacios de contemplación de la pintura: las solitarias salas de los museos y galerías.

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Ver cine, hacer video 

Yo me acerqué al video pensando en cine. Bueno, en realidad me acerque al cine desde la televisión, y finalmente llegue al video queriendo hacer cine. Aunque puede que el video en algunos casos logre superar los costos de muchas producciones de cine, siento que el video es un medio mucho más cercano que el cine. Entonces en últimas, la mayoría queremos hacer cine haciendo uso del video.

El cine: el carácter temporal del medio lo inserta casi inevitablemente en lo narrativo, lo secuencial. Aunque muchos intenten oponerse a esto, en últimas resultan derivando otras formas de narración, juegos de lo secuencial, de lo que acontece en un fragmento de tiempo y es encuadrado y montado de esta o tal manera. Siento que en este mismo sentido el video está fuertemente atado a lo narrativo, pero más que a esto a la densidad del tiempo, es decir, a un sentir  el tiempo. En el video se puede vivir la imagen en tiempo simultáneo: de ahí el feedback como uno de los primeros goces de quien se acerca al video. En el cine el goce no está en la cámara, en el registro, la emoción es verse proyectado sobre una pantalla, ver la realidad sobre el telón y lazarse sobre ella. El video permite hacer pruebas, estar presente en la imagen representada, uno ve el video, yo veo. Sin embargo pienso que a estas especificidades del video no se les ha dado la suficiente atención, como tampoco se le ha dado a esa reducida producción de cine experimental. Persiste la necesidad de controlar una imagen, pensar una historia. 

Las imágenes de cine, por lo menos la mayoría, son realizadas bajo estrictas normas de control. Todas las variables son tenidas en cuenta, nada se escapa. La imagen debe serle fiel a la que el director tiene en la cabeza. Al principio cuando tenía una cámara de video entre mis manos tenía esta misma idea, tratar de lograr hacer un video de las imágenes que había pensado de antemano. Poco a poco me he venido dando cuenta que eso no es sólo difícil para mi, lo es para la mayoría de personas que quieren hacer cine.  Godard fue uno de los primeros en entenderlo y hacer algo al respecto, de ahí su estrecha relación con el video, medio mucho más cercano a lo individual, al tiempo personal. Si el cine es la proyección de tiempo, este tiempo es un tiempo simulado, un tiempo irreal. Claro que el cine puede hablar sobre la realidad, hacer documental, pero solo en el video sentimos que podríamos estar detrás de la cámara. Presiento que el verdadero problema es ¿qué haríamos al estar detrás de esa cámara? ¿Qué encuadraríamos? ¿Por cuánto tiempo lo registraríamos? ¿Desde que ángulo apuntaríamos? ¿Qué pensar detrás de la cámara?

 

El problema empalma entonces con ese concepto pensado en el anterior escrito: la esfera televisiva. Al coger una cámara (seguramente de video) la memoria y el pensamiento se lanzan al ojo, y a la par de la intuición intentan imponerse sobre lo que un video puede llegar a ser. En ese momento todo lo visto influye sobre lo que intentamos hacer ver.

 

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Video-kovacs 

Desde hace algún tiempo ya me venía haciendo varias preguntas alrededor del término video arte. La idea de hablar de un medio, de una herramienta, como arte me parecía curiosa. De hecho en la primera clase salieron al aire algunas palabras que ya se me habían atravesado: “¿Por qué no se oye hablar de pintura-arte?”. En varias ocasiones me he enzarzado en enredadas discusiones gracias a esta definición. A mi parecer el medio hace parte del arte en cuanto se usa artísticamente, de ahí que un lápiz es un medio para desarrollar arte, un pincel, una piedra, en fin, con cualquier cosa (medio) se puede hacer arte, ahora, que es lo que motivo a alguien, o algunos, no lo sé, a combinar estas dos palabras a manera de matrimonio. Al dibujar, lo que le llega al espectador del dibujante, es un dibujo. El lápiz, el dibujo, y el artista están, finalmente, cada uno en su lugar. Se puede decir que lo mismo pasa con la pintura y otra serie de medios (por lo menos entendiendo los medios dentro del contexto en el que surgen los términos pues es claro que hoy en día las fronteras entre obra, técnica, espectador, etc., son cada vez más difusas y confusas). Ahora, en el video el punto de partida y el resultado se entretejen  desde el comienzo hasta el final, es decir, la señal que procesa la cámara a partir de lo encuadrado (con registro o sin él), es en últimas medio y forma, vía y fin. De ahí que, tautológicamente, el medio video resulte en un video. Bueno, es una idea que me había hecho en relación al término pero según oímos, la realización de videos en tantas otras áreas, en tantos otros terrenos, en los que ya el mismo nombre del medio se le adscribía al resultado, motivo a la burbuja del mundo del arte a acuñar este término.

Para Ernie Kovacs tal vez lo de menos era saber si sus programas eran o no arte, si las señales que enviaba desde el estudio a los televisores eran o no señales artísticas, presiento que la importancia de su trabajo estaba en transmitir su humor, lo que iba ocurriendo entre las circunstancias y su manera de ver las cosas, esa divertida forma de solucionar las situaciones. Ponía en escena su misma vida. Kovacs hacia de su tiempo, el del video y el televidente uno solo. Y los nombres de varios de sus programas no hacen sino constatar esto: Ernie in Kovacsland,  It’s Time for Ernie, Kovacs on the Corner, Kovacs Unlimited.  

Las comedias de Kovacs pueden ser vistas como algo más que programas de comedia. Su trabajo habla de un serio interés por hacer de un medio un espacio de expresión personal, una conexión entre autor medio y espectador. Kovacs hace del video un arte expresivo.

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El Bla bla bla del video 

A partir de lo discutido en la última clase he estado pensando sobre la falta de atención sobre el componente sonoro en el video no sólo por parte de los “video artistas”, sino de la gran mayoría de espectadores y televidentes. En el videoarte pocas veces se le dedica el mismo esfuerzo a la construcción del sonido, por lo general este hace un acompañamiento casi decorativo a lo visual, es decir, sirve de relleno.

 

Si como discutimos en la anterior clase, el video se acerca a la pintura, en el caso de la música si que encontramos una cercanía. Es posible decir que su estructura está esencialmente determinada por los mismos elementos: un ritmo, una armonía, una melodía, etc. El video es una composición en el tiempo, justo como la música. Ahora, no sólo se constituye de la misma manera, sino que puede coexistir en el mismo espacio-tiempo en  un complejo diálogo con lo sonoro, o musical. Idóneamente, el video y el sonido deben hacer parte de una sola entidad.  Patológicamente, estamos acostumbrados a jerarquizar los valores. Así, al ver un video, o la tele, automáticamente subordinamos el audio a la imagen: lo que suena es el personaje hablando, la música marca el tono  de la escena, etc.

 

Creo estar viviendo en una sociedad en donde la imagen, y no cualquier imagen, sino la imagen televisiva, es el estandarte de la visión. Peor que quedar sordo, quedar impedido para ver tele. Esa es la tragedia de nuestros días. No poder visualizar el pegote de imágenes que, paradójicamente, en la tele, por lo general es construido desde los parlamentos.

 

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La realidad y sus representaciones, o de cómo redundamos sobre lo desconocido.  

Me parece recordar mis primeras clases de historia como revisiones superficiales a la carrera de los hombres por representar su mundo, el intento por acercarse a una representación lo suficientemente real. De hecho recuerdo uno de esos lugares comunes a los que se recurre para aducir a esa   búsqueda de la mimesis. Plinio el viejo, autor de
la Historia Natural, relata en su libro la siguiente anécdota:

“Se cuenta que (el pintor) Parrasio compitió con Zeuxis: éste presentó unas uvas pintadas con tanto acierto que unos pájaros se habían acercado volando a la escena, y aquél presentó una tela pintada con tanto realismo que Zeuxis, henchido de orgullo por el juicio de los pájaros, se apresuró a quitar la tela para mostrar la pintura, y al darse cuenta de su error, con ingenua vergüenza, concedió la palma a su rival, porque él había engañado a los pájaros, pero Parrasio le había engañado a él, que era artista”.[

Pareciera que hubo un tiempo, (bastante largo, por cierto) en el que una de las  principales metas de los artistas occidentales, (vale la pena aclararlo), fue representar lo real, su visión de lo real: se lanzaron a pintar sobre los lienzos lo visto por sus ojos. Las imágenes en occidente han sido, no sólo la materialización de algunos modos de visión, de percepción, sino una especie de frontera que a la vez de referirse a lo real nos aleja de ello. Es decir, mediante nuestras representaciones, nuestros lenguajes, hemos logrado, más que definir, y entender lo real, construir un cascarón que afirma nuestra vida, da estabilidad y confianza en el mundo. Finalmente lo real contiene al mundo, pero el mundo, a medida que progresa en su intento por contener lo real, ha logrado construir una gruesa barrera entre nosotros y, valga la redundancia, lo real.

 

Parece que al llegar la fotografía las estructuras de representación, artísticas y científicas, sufren un fuerte remezón que provoca gran número de cambios en la manera de entender la representación. Un fruto bastante saboreado por el siglo XX, resultante de las crisis causadas por esta aparición que aparentemente resolvió el problema de la aprehensión de lo real, (para algunos, problema ontológico grave y serio), fue el impresionismo. Como siempre, al alcanzar lo anhelado, víctimas de la desilusión ideamos una nueva aproximación. La imagen entonces se liberó del mundo. Como lo real vivido, la imagen paso a ser una construcción, un artificio personal que buscaba dar cuenta de formas particulares de visión, de comprensión de la realidad. Sin embargo la fotografía no se quedó quieta y a veinticuatro cuadros por segundo declararía empezaría a convertirse en una de las más eficientes mortajas de la realidad. Pasando al video y a la tele, la imagen en movimiento ha sabido convencer a los hombres de que la imagen lo es todo, lo visto en las pantallas es punto de partida de la mayoría de hábitos contemporáneos. Estas imágenes más que dar cuenta de cómo nos aferramos a la existencia, establecen como debemos hacerlo. El cine y la televisión se han convertido en el modelo, el mundo es entonces un anhelo, una serie de trivialidades que quisiéramos que más bien fueran “como en las películas”.  

El video, el cine, registran 30 y 24 cuadros por segundo respectivamente. Reconstruyen una representación del movimiento que insistimos en observar como cierta… el espectador, el televidente pocas veces cuestiona lo que se le presenta como noticia, como registro objetivo de lo sucedido, escoge engañar sus sentidos, y la representación se hace real, más que creíble, esencial en la configuración de lo perceptivo.

Parece que desde una de las primeras, (sino la primera), proyecciones cinematográficas: la salida de obreros de la fábrica de los hermanos Lumiere, la sorpresa, y el truco no se hayan comprendido del todo. Uno esperaría encontrar aún gente agachándose cada vez que ve un arma apuntado desde el otro lado de la pantalla. Lo cierto es que estas ingenuidades han ido cediendo el lugar a otras, la gente toma lo televisado, lo proyectado, como manifestación incuestionable, lo visto en las pantallas es, como ya se ha dicho, estructura básica de la vida social. De allí proviene toda clase de postura posible de encontrar en los jóvenes, las opiniones sobre este o tal problema, las nociones sobre cómo es y qué es esto, o esto otro, el mundo ha sido concretado, concentrado, contenido, en un cascarón más, la imagen movimiento.

 

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Detrás de las pantallas 

A veces nos preguntamos de qué están hechas las cosas. Parece que fuéramos curiosos por naturaleza, sin embargo, es más común encontrar que las personas se interesan en aquellas cosas que les confieren estabilidad, por ejemplo: las telenovelas de la noche en las que los estereotipos cacofónicos que pintorescamente encierran valores, personajes, situaciones, etc., arrullan a los televidentes mientras en plácida calma van cayendo en un cómodo estado de somnolencia.

 

Se me ocurre una comparación: los programas de televisión son hoy en día lo que las pinturas alegóricas y los retratos eran en otros días. Y tal vez el impresionismo y todos los ismos y tendencias que de allí derivan podrían ser comparados con el video arte.

 

Compartiendo ese sentido transgresivo del arte, muchos artistas han experimentado con la esencia misma de la imagen electrónica. Han optado por desintegrarla, intentar comprender sus estructuras y desde allí partir a construir nuevas propuestas. Y como dice Regis Debray, entonces nos enfrentamos ante un curioso dilema: al trabajar con las imágenes numéricas la representación es rebasada, ya no nos vemos abocados a reflejar nuestra realidad perceptiva pues que en este terreno de lo numérico se realicen imágenes, como las entendemos, “es una cuestión de azar”. Las posibilidades de esta realidad virtual, exceden nuestro poder representativo: es decir que la visualidad de lo digital coincida con lo que vemos en el mundo es un capricho..

 

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“Hubo quizá un momento en el que la palabra <luz> parecía resplandecer y la palabra <noche> era oscura.”Borges 

La palabra, semejanzas y miedos

 

El hecho de estar escribiendo ensayos cada semana sobre las imágenes que vemos es un ejemplo preciso de las complejas relaciones que manejamos entre imágenes y escritura.

 

En el principio fue la palabra y la palabra fue Dios. Ha permanecido un misterio desde entonces. ¿En el principio de qué estuvo exactamente esta palabra inicial? En el principio de la historia escrita.” Siguiendo a Borroughs, y desentrañando algo que sutilmente sugieren sus frases retomo lo siguiente: “Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.” Ya veremos.

Este conjunto de signos que llamamos lenguaje ha determinado nuestras formas culturales desde los albores de la historia. Las palabras estructuran más que el medio elemental por el que nos comunicamos, una forma de asumir el mundo, de asirlo. Son las palabras las que nos permiten referirnos a lo percibido, pensarlo. Y siendo un poco más pesimistas podríamos sugerir que las palabras, y la historia que ellas arrastran, no son tan sólo un puente entre nosotros y lo real, el mundo; son lo real, son el mundo.

 

Al ver una imagen registrada en video, las personas pueden proferir: –Que bello está tu hijo. –Medellín está hermosa. –Cómo ha cambiado tu madre. No es noticia que para la gran mayoría de personas la imagen de video es tan real como lo que vemos con nuestros propios ojos. Las representaciones no son puestas en duda. Si tomamos seriamente las palabras con las que nos referimos a ellas un video es nuestra familia, nuestro hogar, nuestro mundo.[1]

 

Entonces se revela lo siguiente: los posibles lenguajes, (o técnicas en un sentido próximo a Wittgenstein), como las representaciones que estos nos brindan, son una membrana que nos excluye de lo real[2], nos protegen de ello. Son muros de una casa que brindan protección y seguridad a las tempestades de lo imprevisto, de lo desconocido. Hemos escrito la palabra Dios y entonces podemos decir: su palabra es mi hogar, mi salvación.

 

Y a pesar de todo nos gusta sentir miedo, el vacío que produce lo desconocido, y entonces hablamos de las musas, de la poesía: la poética.

 

“Las palabras, dice Stevenson, están destinadas al común comercio de la vida cotidiana, y el poeta las convierte en algo mágico. (…) encontramos que las palabras no son en un principio abstractas, sino, antes bien, concretas. Esas palabras que ahora son abstractas tuvieron una vez un significado material. (…) Por lo tanto, al hablar de poesía, podríamos decir que la poesía no hace lo que Stevenson pensaba: la poesía no pretende cambiar por magia un puñado de monedas lógicas. Más bien devuelve el lenguaje a su fuente originaria. (…) Así, en la lengua tenemos el hecho (y es algo que me parece obvio) de que las palabras son, originariamente mágicas”[3] Lo poético en las palabras y en el video se plantea como una reflexión sobre las ineludibles relaciones entre los medios (los lenguajes, las técnicas) y el mundo al que se ven condenados a reflejar en aras de unos centros, unas barandas  y paracaídas que afiancen la respiración de los seres humanos sobre este planeta. Lo poético está entonces, como bien propone Borges, en recuperar para estas herramientas algo de esa magia y misterio con el que se desplegaban en ella las percepciones humanas frente a lo desconocido. 


[1] Todo esto es inevitablemente platónico.[2] Aquí habría que diferenciar entre lo real cognoscitivo y lo real en sentido de una percepción no mediada por lo histórico, por las representaciones, una realidad salvaje, jejeje, no domesticada.

[3] Borges, Jorge Luís,  Arte Poética., Editorial crítica 2001. Págs. 98, 99, 100, 101.

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Rebusque y pirateo – bordes culturales  

Me gustaría conocer la cultura pirata mucho más de cerca.  Hace poco me enteré que William Borroughs escribió algo al respecto. No he leído nada sobre el tema pero me atrevo a decir que hay en toda esa compleja y escondida historia algo de lo que para nosotros es tan común, el rebusque; esa sospechosa actividad que directa o indirectamente afecta a las personas a diario. Es inevitable enredarnos  aquí o allí con el término pirata: música pirata, películas piratas, libros piratas, en fin cuanta cosa  imaginemos es susceptible de verse pirateada para insertarse en la economía del rebusque, en esa supervivencia no oficial de una gran cantidad de personas.

Personas que se ven en la imposibilidad de producir nuevos productos y mercancías para de estas devengar su sustento. Al intentar montar un negocio se enfrentan a un sinnúmero de barreras (gubernamentales, privadas, sociales, etc.) que hacen que su deseo se torne en frustración. Entonces como buenos piratas se lanzan a las aguas de lo ilegal para desde los bordes saciar sus necesidades.

El terreno del arte no escapa a las lógicas verticales y jerarquizadas propagadas en las demás relaciones humanas. Para el artista es una necesidad vital hacer que sus ideas, los sentidos habilitados en sus obras, le lleguen a la gente. Si bien es cierto que para los artistas hay muchas más vías para conseguir sus propósitos, también es cierto que muchas de estas están viciadas por los mismos factores que impiden que, por ejemplo, una señora haga de su carro un medio de transporte público. De esta manera algunos artistas optan por las mismas estrategias que la señora, hacen de su trabajo, sus vehículos artísticos, medios subversivos, versiones no oficiales de formas establecidas de la cultura; se toman entonces los diseños de la publicidad, las imágenes de la televisión y del cine, o las palabras de este o aquel personaje y con algo de eso y un poco de aquello dicen lo suyo.

 

Ayer luego de sentarme en un bus me fijé en una calcomanía que este tenía adherida a su puerta de acceso. En ella se mostraba el precio que los pasajeros deben pagar al subir. Era el logo dela Warner Brothers pirateado para ser usado por los buseteros como señuelo informativo, marquilla de buen gusto, fetiche popular, talismán ordinario. Aunque tal vez me equivoque supongo lo siguiente: para la economía del rebusque el piratear no es una forma de subvertir los valores propugnados por las mercancías y los valores que circulan dentro de la legalidad, es más bien una actividad parasitaria que se abraza a las formas establecidas para de allí sacar algún provecho. En últimas puede que ni al chofer ni a las litografías les importe un bledo lo que el logo de
la Warner pueda significar, sin embargo a los usuarios de este bus el loguito pirata no hace sino recordarles todo aquello que representa el logo real.

En el caso del arte es más viable encontrar usos subversivos de lo establecido. Al reutilizar imágenes o formas a través de un uso tergiversado de ellas lo que al artista le interesa es cargarlas de lo que el piensa, que éstas pierdan o desairen aquello que antes figuraban para dar paso a otros sentidos, los que el artista, individuo, o grupo escoja.

 

Las telenovelas y la mayoría de la programación televisiva respaldan y representan los complejos y cifrados valores de la sociedad establecida, de nuestra cultura (la occidental y los lugares a los que ha sabido llegar). Para muchos artistas y personas que trabajan con video es casi catártico poder usar estas imágenes con fines personales. Es una manera de situarse existencial y políticamente. Y a pesar de los riesgos que esto podría implicar estas manifestaciones son toleradas bajo el anonimato, bajo la clandestinidad, algunas veces a  través de modas triviales e inofensivas que si mucho llegan a ser extrañas para generaciones menos a tono con la actualidad. Tal vez con algo de ingenio y buena estrella estas propuestas podrán ser entendidas como arte, una forma excepcional de la cultura, es decir fuera de lo común, que se aparta de la regla, que ocurre rara vez: se arrincona en un museo, se impone una cierta distancia cautelosa (física y conceptual) entre ella y la gente, y bueno, como el arte es cosa de locos, de poetas de soñadores, de muertos de hambre, eso que peligro va implicar para
la Warner y su conejo de la suerte!

 

Antes de bajarme del bus le di un vistazo a la calcomanía y por un instante comprendí lo cerca que ésta estaba del arte, y que bien podría estar en un museo, a unos cuantos metros de alguna gran obra de arte.

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